jueves, 1 de abril de 2010

La Santa Semana...

No tengo registrada exáctamente la fecha en que conocí el mar, pero puedo casi asegurar que fué por estas fechas, tendría unos 7 u 8 años, la Semana Santa la aprovechaba para ir a Puebla a visitar a mi abuela y ella igual contaba los días para recibirme durante esos quince días que tenía de vacaciones.

Un día estando en casa de mis abuelos mis papás se levantaron y dijeron vámonos, era de madrugada cuando tomamos camino y estar llegando junto los rayos del sol a Orizaba, lugar donde trabajaba mi abuelo, desayunamos en un mercado, mercado del cual me llevé como recuerdo una lengua escaldada por un champurrado hirviente que tomé.

Ya desayunados y con los abuelos juntos seguimos nuestro camino hacía el oriente... arrullado por el camino y los paisajes de mango y platano, caigo rendido.

Mientras cruzabamos un puente mi mamá me grita: ¡Ahí esta! grito que me catapulta y tallándome los ojos logro verlo, era el mar, estabamos en el puerto de Veracruz y yo estaba mudo y ansioso por bajar del auto y sentir el golpe de las olas del mar, pero antes teniamos que hacer una escala.

El recuerdo que tengo es que habiamos llegado a una gran fiesta, no sabía de que se trataba, era un gran salón donde la había gente bailando con sus trajes típicos, el sonido de las arpas me hipnotizaban, así como la destreza de las damas y niñas que bailaban con un vaso de agua en la cabeza mientras yo comía un pescado, pescado que hasta hace unos años que deje de ir no perdonaba en cada visita.

Una vez comidos reanudabamos nuestro camino, mis papás se reían de mi al momento que yo les decía que me costaba trabajo respirar, el calor y la humedad del lugar era algo desconocido para mi y terminaba por sofocarme.

Mas tardamos en instalarnos en el hotel que lo que ya estabamos listos mi abuela y yo para ir a la playa. Recuerdo que me tomo de la mano y nos metimos hasta que le llego el agua a las rodillas para que después llegara mi papá a cargarme e ir más adentro, el agua era fría y muy salada, pero sólo me dedicaba a disfrutar del momento mientras mi mamá nos tomaba fotos del momento, fué algo bello, como bello era tomarse un raspado de tamarindo mientras veía los aviones de unicel volando por el cielo perfumado por el aroma del café y que engalanaban los cadetes de la armada que caminaban por el malecón con ese impecable traje blanco, a los cuales su andar era marcado por el compás del danzon de aquellos viejos bailaban enfundados en sus guayaberas mientras que otros solo los contemplaban fumando su puro con esencia de vainilla esperando el momento de partir la pista. Era una bomba de colores, sabores y sonidos que me impactaban y marcaban a mi corta edad.

Los años pasaban y la historia se repetía año con año, no importaba que hubiera norte, nosotros lo disfrutabamos igual hasta que mi abuela fallecio. Días antes de su muerte en un momento de demencia se dirigía hacía mi diciendo: Doctor, tengo hambre, como me gustaría tomarme un café y comer unas picaditas... ella quería regresar.

Hoy sólo tengo recuerdos, pero prometo llevar a mi abuela de vuelta, en pensamiento y alma, para que volvamos a sentir el golpe de las olas del mar como aquella primera vez, bailar un danzón y tomarnos un café de la Parroquía.

Hoy digo como aquel trovador... "Veracruz tierra querida ¿por qué no he nacido ahí? ¿por qué será que la vida siempre me alejo de ti?"



1 comentario:

bgs dijo...

La belleza de ese mar, solo se puede comparar con el inmenso, tierno y paciente amor que siempre manifesto ante propios y extraños por ti...ha¡ y estoy segura que en el cielo no hay abuela mas orgullosa de su nieto que...tu abuelita.¡¡¡¡